sábado, 25 de abril de 2015

Azotes.

 Se oyen gemidos desde la habitación de invitados. ¿Qué podría pasar dentro?
¡Crash! Y se oye un tintineo. 
La ata a los barrotes, boca arriba. De rodillas. Inmovilizada. Sus labios susurran palabras incomprensibles causadas por el placer; mientras él la va desgastando sus pezones. Primero lame su clítoris, con esa posición que tanto le gusta, como un mecánico. Poco a poco la mete uno, dos; y hasta tres dedos por la vagina. 
-Si gimes, ya sabes. - La dice mientras roza sus glúteos.
Tras varias caricias decide coger una fusta de cuero con forma de cuadrado al final; y regalarla un par de orgasmos disfrazados de dolor. Pero dolor es placer, al fin y al cabo.
La sangre salta, las venas rotas y la piel enrojecida. No lo soporta más, le pide que pare pero él no quiere parar. Ella quiere seguir, aun así le dice que no puede más. Siente dolor, mucho dolor, se estremece, y la cae una lagrima en la mejilla. Él sigue, le gusta azotarla. Está castigada.
-¿Ni una toalla para morder, amo?
Y a ella eso la encanta. También la gusta que la diga cosas sucias al oído mientras se la mete lentamente. 
Lo mejor del sado; es la humillación. Lauren es un chico grande. Tiene músculo, y por eso coge a Josephine desde los muslos y la alza al son del segundero del reloj. Tic, tac. Se la mete, y se la saca. Su miembro es grande, con su cabeza suave, como una gran bellota. Tantas terminaciones nerviosas, esperando ser lamidas.. Primero pasa la lengua por la cabeza del pene, hay que ser cuidadosa con los dientes. 
Porque si lo hace mal, la esperan muchos azotes. 
Luego se la mete poco a poco en la boca hasta que llega a la garganta. La salivación comienza, y la vagina empieza a lubricarse. 
Es el momento de metérsela. La desencadena, la tumba en la cama, ella está ansiosa por sentirle dentro suya. 
Caricias, y un bofetón para estimular más. Sólo con eso ya va el primer orgasmo. 
Comienza el juego. Los latidos son intensos, sus bocas se juntan pero no se tocan, porque quieren oírse. Quieren oír sus jadeos. Después de media hora, se oye silencio.  La calma que precede a la tempestad. 
10 minutos para descansar. Ahora a cuatro patas. Ella es su perrita, hará lo que él diga. 
Eso, podría pasar en esa habitación. O quizás no. Quién dirá. 



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